¿Que haríamos hoy día sin la presencia de tomates, patatas o chocolate en nuestra dieta? La realidad es que estas y muchas otras plantas presentes en nuestra vida diaria no son nativas de Europa.

Los hábitos alimenticios de los europeos serían muy diferentes si el navegante Cristóbal Colón no hubiera decidido navegar hacia el oeste en busca de una ruta más rápida hacia las “Islas de las especias” (también conocidas como las Molucas). Zarpó de España en agosto de 1492, pretendiendo llegar a las Indias por el Atlántico y abrir así una nueva ruta comercial, cuando se topó con el Nuevo Mundo. Tras el “descubrimiento” del continente americano comenzó inevitablemente el intercambio de plantas y animales entre el Viejo y el Nuevo Mundo.

A su regreso a Europa, Cristóbal Colón y su tripulación trajeron de los nuevos territorios una selección de plantas y especias hasta entonces desconocidas. La recepción de estos alimentos en Europa fue muy variada. Algunos como los tomates fueron considerados venenosos, mientras que otros se aceptaron exclusivamente como plantas ornamentales. En cualquier caso, debido al interés que despertaron estas nuevas especies, se crearon los llamados jardines de aclimatación, cuyo propósito era su adaptación a las temperaturas más frías de Europa.

Con el paso del tiempo los beneficios y usos potenciales de estos nuevos alimentos y especias fueron finalmente reconocidos y todos ellos, en mayor o menor medida, produjeron un profundo cambio en la dieta de los europeos y, con el paso del tiempo, del resto del mundo. Todas estas nuevas especies, como los tomates, el maíz, los pimientos, las patatas o el cacao, se fueron extendiendo por el planeta y no sólo enriquecieron las cocinas de Europa, Asia o África, también tuvieron y siguen teniendo un gran impacto en la cultura, la economía e incluso en la política a nivel global.

Algunas de estas nuevas especies fueron fácilmente aceptadas por los primeros colonos, como el maíz o la batata, que sirvió de avituallamiento a los navegantes en sus largas travesías. Otros se recibieron con reticencias y hubo de pasar tiempo hasta que fueron aceptados, cultivados e integrados en la dieta europea.

Hoy en día no concebimos nuestra cocina sin las patatas o los tomates, pero inicialmente fueron consideradas plantas tóxicas. No fue hasta finales del siglo XVII cuando el consumo del tomate se incluyó en la dieta del sur de Europa y casi un siglo después, a finales del XVIII, cuando las patatas fueron ampliamente aceptadas. Muchas otras, como la mandioca o la papaya, no llegaron nunca a cultivarse en Europa, pero se introdujeron en África o Asia donde son parte imprescindible de la dieta de sus habitantes.

Se hace difícil imaginar cómo sería la dieta europea sin la influencia de todos estos alimentos foráneos llegados gracias a los viajes y empresas coloniales. Sin embargo no debemos olvidar que el acceso a estos nuevos alimentos se consiguió con un enorme coste humano. La dieta europea actual revela que la colonización, especialmente en sentido culinario, también tuvo un impacto perdurable en los colonizadores.